Un diamante tan grande como el Ritz (1922), F.S. Fitzgerald

«Un diamante tan grande como el Ritz»

(The Diamond as Big as the Ritz)

Francis Scott Fitzgerald

este relato apareció en la revista «The Smart Set» en junio de 1922

Cuentos 2 (pp. 393 a 460)

 

Es un relato bastante largo que fue rechazado por las revistas habituales de Scott a pesar de hallarse en su mejor momento y que tuvo que recortar drásticamente en su extensión. Se trata de una especie de cuento de hadas clásico en plan malvado, de delirio de riqueza, bastante alucinado e incompresible. Se unen el mal gusto con el despropósito y el desvarío. Como intención no se sabe a dónde va, ni el sentido que tiene.  Aunque en su momento se interpretó como una crítica a los ricos que las revistas no estaban dispuestas a asumir, si bien a mí me parece más una borrachera mental, un delirio de ansia de lujo desmesurada.

John es un joven (que es Scott) procedente de un lugar llamado Hades (el inframundo antiguo ¿?) que asiste a un colegio de categoría donde hace amistad con otro muchacho que se caracteriza por su hermetismo. Éste lo invita a pasar unas vacaciones en su casa. Por el camino le va explicando que su familia es riquísima. La más rica del mundo, aunque nadie lo sepa porque lo mantienen en secreto. Después de un viaje con complicaciones geológicas infinitas para llegar a su destino, se internan en un valle escondido y secreto donde vive la familia. El padre, la madre, dos hermanas jóvenes y el hijo. Así como un pequeño ejercito de negros engañados pensando que la esclavitud aún perdura. Todo en ese lugar es de un lujo desmesurado.

El joven anfitrión le cuenta que su familia hace muchos años descubrió este lugar lleno de piedras preciosas y sobre todo diamantes. De hecho, la casa o el palacio está construido sobre un diamante descomunal. Pero todo es secreto e inaccesible. Con los años han ido vendiendo con cuidado piezas para llevar una vida de lujo infinito.

John se deja llevar placenteramente por esa especie de locura de opulencia inimaginable. Incluso se enamora de una de las hijas. Pero a medida que va conociendo detalles del pasado y del presente. la historia se va volviendo más turbia. Mientras las víctimas son los demás, John no parece preocupado, hasta que se da cuenta de que no podrá salir del lugar con vida, ya que podría revelar el secreto.

Afortunadamente para el protagonista estamos en una época dónde ya existen los aviones, por lo que el ocultamiento del emplazamiento es ya imposible. Oportunamente hay un ataque aéreo que destruye el lugar, pero John y las chicas pueden escapar, eso sí pobres como ratas.

La composición del cuento es clásica y no parece contener claves de ningún tipo. Yo no lo entiendo como una crítica a la riqueza, aunque sí hay un deslumbramiento por el lujo desmesurado. Scott alucinaba o soñaba. Recuerda poderosamente, en otra clave, a la novela «Horizontes perdidos» (Lost Horizon) de James Hilton con su SANGLI-LA, donde el secreto es la inmortalidad. Pero… Lost Horizon es de 1933 y este cuento es de 1922. Scott nos vuelve a sorprender. O quizá los dos se inspiraban en la ciudad mítica de XANADÚ, en la Mongolia de Kublai Kan, de la que hablaba Marco Polo y que también inmortalizó los versos del poeta Coleridge.

In Xanadu did Kubla Khan En Xanadú hizo Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree; construir una maravillosa cúpula del placer;
Where Alph, the sacred river, ran Donde Alf, el río sagrado, corría
Through caverns measureless to man A través de cavernas inconmensurables para el hombre
Down to a sunless sea. Bajando hacia un mar sin sol.

 

My Generation (1939), F.S. Fitzgerald

» My Generation » (1939)

(Mi generación)

publicado por la revista Esquire en octubre de 1961
-veintiún años después de la muerte del autor ¿?-, después republicado en varias ocasiones.

Este artículo-ensayo se incluye en la edición inglesa de  «Fitzgerald: My Lost City -Personal Essays 1920-1940-» En la traducción en español de parte de este libro, no figura este artículo, por lo que me baso en el original que puede encontrarse en Internet sin demasiada dificultad.

Estamos en 1939. Scott morirá al año siguiente a sus 44 años. Está enfermo y desengañado, pero tranquilo. Vive en Hollywood en un pequeño apartamento alquilado, aunque normalmente se queda en la vivienda de su amiga y vecina Sheila Graham, más cómodo por ser una planta baja.

Es un texto de unas seis páginas (2600 palabras). Muy denso. Como suelen ser este tipo de escritos que hace, con mucha información que ha de buscarse separada porque estamos ya muy lejos en el tiempo.

La generación anterior se había forjado con el imaginario de la conquista del territorio y de la Guerra Civil, pero ya no servía a la generación siguiente. Los hombres de la generación de Scott nacieron en unos Estados Unidos en los que todavía no había un sentimiento de Imperio, sino los restos de otros anteriores y la necesidad de encontrar una identidad propia. La guerra de Cuba contra España sería el germen de ello (incluso nuestros libros infantiles mostraban las últimas torretas hundidas de la flota de Cervera, éramos una gran nación incorregible).

La autonomía personal era más individualista y la sociedad menos paternalista. «En 1899 (cuando nació Hemingway), había fe y esperanza, como pocas naciones han conocido». La confianza personal era infinita y el sentimiento de invencibilidad poderoso. Pero al final de la primera guerra mundial pocos podían llamarse a engaño sobre la cruda realidad. Esa idea de lo que era Estados Unidos se perdió entre 1910 y 1920. Muchos estadounidenses volvieron a casa, pero una generación de europeos sencillamente desapareció. «Así que heredamos dos mundos: el de la esperanza en el que habíamos sido criados; la de desilusión que descubrimos temprano para nosotros mismos. Y ese primer mundo estaba creciendo tan remoto como otro país, aunque cerca en el tiempo».  Mientras los hombres de cincuenta años vivían con descaro en ese mundo anterior y dictaban las normas.

Pero el mundo ya no era el mismo: los deportes, la música, la literatura: cada uno tiraba por su lado y algunos eran grandes y sublimes: Thomas Wolfe fue una pérdida grave. Con Hemingway, Dos Passos, Wilder y Faulkner, se formó parte de un grupo de talentos para la ficción, que rara vez aparecen en una sola eclosión. Cada uno de estos autores creó un mundo propio y vivió en él de manera convincente. La Europa diezmada no tenía nada que poner al lado del trabajo de estos jóvenes (porque habían muerto). Y ahora nos encontramos de nuevo ante la posibilidad de ·la sombra de una nueva guerra».

¿Son representativos de mi generación, de aquellos que tienen un pie plantado antes de la guerra y otro después? Bueno, muchos están muertos, y con algunos me he peleado y ya no los veo. Pero nunca me han importado tanto los hombres como aquellos que sintieron los primeros brotes cuando lo hice, y vieron la muerte por delante, y fueron indultados, y que ahora caminan el largo y tormentoso verano. Es una generación acérrima por herencia, sofisticada por los hechos y bastante sabia. Más que eso, lo que siento por ellos se resume en una línea de Willa Сather: «Poseemos juntos el precioso pasado incomunicable».

We possess together the precious, the incommunicable past
(Poseemos juntos el precioso pasado incomunicable)

Subasta: Modelo 1934, Zelda Fitzgerald

» Subasta: Modelo 1934 »

( Auction – Model 1934 )  julio 1934

F. Scott y Zelda Fitzgerald *

(todos los textos firmados por los dos, están escritos por Zelda y revisados por Scott, pero la autora es Zelda. Era una exigencia del mercado editorial que también figurara Scott)

artículo – total 9 pp.

Los Fitzgerald nunca han tenido, ni tuvieron una casa propia. Siempre han estado de alquiler. Formaba parte de la personalidad de Scott no arraigarse en ningún lugar, pero Zelda había nacido y crecido en una misma casa y esa casa daba espacio en su memoria a asociarla con sentimientos agradables de permanencia. De ese sentimiento nace este artículo de reminiscencias autobiográficas.

Hay como una mudanza. Algo que ocurre siempre y supone embalar y desembalar, roturas y pérdidas de objetos, desprenderse de cosas, situar otras en guardamuebles infinitos. Todo lo hemos puesto en cajas y ha medida que las vamos abriendo en un nuevo traslado descubrimos mil y un detalles olvidados y que conforman nuestra propia existencia, con piezas de valor y propósito y otras desechables.

Pasamos de una caja a otra. De un lote a otro. Hay que decidir qué cosas guardar y cuales tirar o vender. Seguramente nadie las querrá porque todo está deteriorado o viejo. Estamos en 1934 y no puede decirse que los recuerdos de Zelda la lleven a ningún lado del paraíso.

«La casa está puesta y es cómoda. Tenemos cinco fonógrafos, incluyendo el de bolsillo, ninguna radio, once camas y ningún escritorio. Nos lo quedaremos todo: los restos tangibles de cuatrocientos mil dólares ganados a base de duras palabras y gastados con prodigalidad durante estos quince años. Y el conjunto, después de todo, vale tanto como las acciones polacas y peruanas de nuestros amigos más ahorradores (*)»

(*) aquí se refiere a que ellos se lo han gastado, pero otros lo han perdido con el crash del 29